DIOS
ENTIENDE
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José
Mantero. Ordenado sacerdote católico en
1986, fue suspendido a divinis en febrero de 2002 por haber
declarado públicamente y dando gracias a Dios- su homosexualidad. |
Hágase la luz
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Dos textos me alentaron especialmente en los días de mi salida del
armario, hace casi seis años. Uno, del evangelio según San Lucas; el
otro, de mi autor favorito, San Juan de la Cruz. Ambas palabras, que se
complementan, alientan nuestra salida de esa “discreción” malentendida e
insana, puesto que únicamente se trata de disimulo. Y éste aniquila el
proyecto de persona que cada uno ha de integrar, manifestar y cumplir:
un destello en el luminoso plan de Dios, que se esconde en la lobreguez
del zulo.
Veamos cada pasaje, meditemos y pidamos al Señor la gracia de la nueva
iluminación.
“Ninguno que enciende una antorcha la cubre con una vasija,
o la pone debajo de la cama;
mas la pone en un candelero,
para que los que entran
vean la luz.
Porque no hay cosa oculta que no haya de ser manifestada;
Ni cosa escondida,
Que no haya de ser entendida,
Y de venir a luz”
(Lc 8, 16-17) |
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Para qué darle más vueltas…
¿Invocaremos la “discreción”, el “no hacer alardes”, o tal vez el “no dar la
nota”, para simplemente justificar la permanencia en el disimulo, que mata,
que nos mata?
Sería absurdo ocultar el don de Dios. Quien ha recibido un regalo, se muere
de ganas de mostrarlo, de comunicar a otros la alegría que siente.
¿Es que tal vez no hemos descubierto nuestra orientación afectiva y sexual
como don de Dios para nuestra humanización y santificación?
“Si conocieses el don de Dios…” (Jn 4, 10), dijo Jesús a la mujer
samaritana.
Esto que vives, tu homosexualidad; lo que puede que secretamente te
avergüence, ya que te resistes a compartirlo… Esto es un don de Dios.
Lo que vives ahora, tu empecinamiento con la “discreción”… ¿será síndrome de
Estocolmo? ¿Tan hecho estás al zulo, que lo consideras tuyo, y a ti parte
suya?
Pon el don de Dios sobre el candelero, sal del armario, muéstrate. Para que
los que tienen la tentación de entrar, vean luz, tu luz, fuera…
“En una noche oscura,
con ansias, en amores inflamada,
¡o dichosa ventura!
salí sin ser notada,
estando ya mi casa sosegada.
(…)
En la noche dichosa,
en secreto, que nadie me ueya,
ni yo miraua cosa,
sin otra luz y guía
sino la que en el coraçon ardía.
(…)
¡O noche que guiaste!
¡O noche amable más que el aluorada!
¡O noche que juntaste
Amado con amada,
amada en el Amado transformada!”
(San Juan de la Cruz, Canciones del alma que se goza…)
Salir del armario tiene hondo sentido místico y apostólico: recibir la
plenitud de la luz, capacitarse para comunicarla. El armario viene
seriamente contraindicado para la salud del alma (y del cuerpo, no digamos,
y de la mente…). Para ser totalmente nosotros mismos, según el plan de Dios.
En la noche de la existencia secuestrada dentro de un zulo heterosexista,
salir es decirse. A sí mismo y a los otros, y por encima de todo permitir
que Dios pronuncie nuestro nombre, el nombre nuevo pronunciado por su boca.
Nombre es de libertad, y no de esclavitud.
La noche nos guía hacia la verdad, fuera, rompiendo puertas y ventanas que
encierran.
“La noche ha pasado,
y ha llegado el día:
echemos, pues, las obras de las tinieblas,
y vistámonos las armas de luz”
(Rm 13, 12).
La luz fue la primera criatura del Creador; el armario, primera del diablo.
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