Hace algunos días, mientras cenaba con unos amiguetes en el último restaurante de lujo de Madrid, una puñalada tremenda atravesó mi orgullo. Fue durante los postres. El joven camarero trajo los deliciosos postres, mis colegas, tan sólo un delicioso sorberte de limón. A mi me van los postres más sofisticados, una isla flotante de helado de biscuit y dulce de leche sobre un mar de zumo de mandarina clementina y coulis de fresa. Fue entonces cuando noté como la hoja de doble filo atravesaba mi querido ego al oír la frase: “Creo que estás engordando algo, ¿no crees?”. Por supuesto, no mostré ni un ápice de interés por responder. Ni siquiera me inmuté. Pero, por debajo de la mesa, corría la sangre que brotaba de mi herida.
Para contrarrestar este tipo de comentarios por parte de mis indeseables compañeros, decidí que pondría cartas en el asunto sobre el tema. Y me apunté al gimnasio. Es curioso, nunca había parado a pensar en cómo me podía llegar a afectar este hecho.
Nada más llegar el primer día, al traspasar las puertas de ese templo de cultura corporal, donde los hombres entrenan sus fornidos cuerpos, luchan contra la flacidez y la grasa, ese lugar de culto para los gays, y cuando entro en los vestidores, me dirijo a la taquilla, abro mi bolsa para cambiarme, y… de repente es como si me hubiera trasladado al paraíso, todos aquellos cuerpos desnudos, hombres de todas las edades, de todas la complexiones habidas y por haber, ¡en bolas! Tras reponerme del shock que supuso para mi, estar ante tanto tío en bolas, entro en la sala de musculación. El profesor, que estaba buenorro del copón, me dio una rutina para que empezara de inmediato con mi carrera hacia la pérdida de algunos kilos. La elipse, una maquina en la que parece que corres en el aire o que subes una escalera de infinitos escalones, era la primera de las torturas. Pasados los primeros cinco minutos de máquina, con la música de mi ipod como ambiente, empecé a deslumbrar ciertos atisbos de lascividad.
Los unos se miran a los otros. Los otros me miran a mi. Se te acercan, te saludan, intentan entablar conversación de algún tipo. ¿Qué buen día hace hoy? ¿Cuándo juega el Real Madrid? ¿vas a utilizar la máquina? (vaya tontería, si estoy en la de al lado que es exactamente igual). Y lo más divertido es cuando se acerca la hora de la ducha. Que si me dejas el jabón que me lo he olvidado; ¡Uy! se me ha caído la toalla y se me ha visto todo; mira que grande la tengo trempada, … Los ojos se salen de las orbitas y alguno hasta se queda bizco de tanto girarlos. Pero lo peculiar del asunto es cómo puede haber en un centro deportivo tanta escena homoerótica por parte de heterosexuales. Curioso, por lo menos lo es para un gay como yo. A veces me dicen que soy algo basto, que eso de que me pongan las “zapas” usadas no es sano (Mis colegas de cena me advierten que a ver si pillo el Pie de Atleta en la cara). Yo, sin embargo, sé que en la viña del Señor (También soy pseudocreyente, pero eso lo dejaremos para otro artículo), las cebollas combinan muy bien en la ensalada con las olivas rellenas de anchoa. Así que no todo lo blanco siempre es dulce, a veces pican como demonios, y no siempre lo que tiene sorpresa por dentro es soso. Yo, por el momento, sigo yendo al gimnasio. Porque quiero seguir comiendo esos postres deliciosos. |
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