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PLUMA INVITADA


por Toni Comín
(Diputado del Grupo Socialistes-Ciutadans pel Canvi. Profesor de Ciencias Sociales en ESADE. Licenciado en Filosofía y Ciencias Políticas)

 

Carta abierta a Mercedes Aroz (fragmento)

 

 

Apreciada compañera, No he tenido la ocasión de conocerte, a pesar de que durante tus últimos años como senadora del PSC en el Senado yo haya sido diputado del grupo PSC-Ciutadans pel Canvi en el Parlament. Te escribo esta carta abierta porque recibí con cierta perplejidad tus declaraciones anunciando tu renuncia a seguir como senadora, no por el hecho en sí, sino por los motivos que adujiste: la incompatibilidad entre tu fe cristiana y algunas actuaciones del actual gobierno socialista. Has explicado que si dimites es, en primer lugar, porque te parece que el matrimonio homosexual “choca frontalmente con la ética cristiana”.

Permíteme que te aclare, de entrada, si te escribo es sobre todo en tanto que cristiano. Mucho más que como socialista o como persona con orientación homosexual. Es probable que ya sepas que, según todas las encuestas, somos muchos los cristianos españoles que apoyamos el matrimonio homosexual y discrepamos de la posición oficial del Vaticano y de la Conferencia Episcopal Española en este asunto. Y lo hacemos no tanto por nuestra ideología, más o menos de izquierdas, sino fundamentalmente por nuestra comprensión y vivencia del Evangelio. Porque, en efecto, consideramos que está más cerca de la moral evangélica la legalización de las bodas entre personas del mismo sexo que la postura episcopal.

Como tan bien sabes, el ordenamiento jurídico de la mayoría de Estados democráticos se basa en el principio de no discriminación, tampoco por motivo de género o de orientación sexual. En este punto, sin duda, la ética cristiana y los principios democráticos coinciden. Estarás de acuerdo conmigo en que si hay algo radicalmente contrario a la ética cristiana es la homofobia. Así, gracias al principio de no discriminación, las personas de orientación homosexual ya hace años que éramos iguales en derechos a las personas de orientación heterosexual. Iguales excepto en un punto: el acceso al matrimonio. Es este el único derecho que a los homosexuales nos ha estado vedado, hasta hace a penas unos años, en la mayoría de sociedades democráticas avanzadas -y ya no digamos en las demás-.

Es este el derecho que hace tiempo que el movimiento homosexual ha reivindicado, fundamentalmente por una cuestión de dignidad –la dignidad: otro principio de nuestros sistemas democráticos de procedencia cristiana-. En efecto, la dignidad de los homosexuales y las lesbianas pasa por alcanzar la plena igualdad en tanto que ciudadanos. Y el mayor y el mejor símbolo de esta plena igualdad es que se nos equipare ante esta institución hasta hoy reservada a las parejas de sexo distinto -es decir, las parejas heterosexuales o a aquellas que, sin serlo, viven como tales- que es el matrimonio.

El matrimonio civil, no lo olvidemos nunca, es distinto del canónico. Aquél lo regula el Estado a través del Código Civil, éste lo regula la Iglesia católica. Según nuestra Código Civil, el matrimonio es una unión libremente consentida entre personas adultas, en principio basada en algún tipo de afecto u amor, que deciden cuidar el uno del otro y entablar algún tipo de convivencia (art. 44 a 71). Reléelo y verás que no forma parte de la institución matrimonial civil la posibilidad de que la pareja pueda tener hijos biológicos entre sí. Y esta posibilidad es la única que queda fuera del alcance de una pareja de personas del mismo sexo.

Sé que algunos juristas (conservadores) rechazan esta desvinculación completa entre matrimonio y procreación, y argumentan que, si bien la procreación no es estrictamente una condición del matrimonio, debe ser una condición, si no efectiva, sí al menos potencial del mismo. Sólo pueden casarse no los que vayan a tener hijos, pero sí lo que puedan tenerlos. Otros argumentan que el matrimonio es una “institución tendencialmente orientada a la procreación”. Pero, en realidad, no hay nada en el Código Civil que induzca a pensar así.

Probablemente el argumento en contra el matrimonio homosexual más fundamentado lo expuso, entre otros, un ex presidente del Constitucional, Rodríguez Bereijo, cuando dijo que la Constitución “no establece el derecho al matrimonio sino el reconocimiento de la institución civil del matrimonio”. El artículo 32 de la Constitución sería en realidad “una garantía constitucional para que una institución civil no se pueda alterar o manipular por el legislador ordinario”. Algo parecido escribiste tú, a la hora de razonar tu voto en contra de la reforma: “la Ley [del matrimonio homosexual] va más allá de equiparar uniones homosexuales y matrimonio, ya que propone cambiar la esencia de la institución matrimonial basada en la ley natural y civil (…).”

En este caso, debe entenderse que hay una institución civil que es previa al propio derecho positivo. Muy bien. Pero, ¿entonces quién establece el contenido de la misma? ¿La sociedad? ¿La tradición? No hay problema: es la sociedad española la que hoy reconoce, muy mayoritariamente, la igualdad entre homosexuales y heterosexuales a la hora de quererse y de regular legalmente su convivencia. Porque ha sido nuestra sociedad la que, ya hace tiempo, ha roto el vínculo entre la institución matrimonial y la procreación biológica entre sus miembros. Siendo así las cosas, si lo único que distingue una pareja heterosexual de una pareja homosexual –la procreación- ya no formaba parte de la institución matrimonial civil, ¿qué motivo había para seguir vedando esta institución civil a las parejas homosexuales?

La reforma del Código Civil emprendida en esta legislatura que ahora acaba y que permite el matrimonio entre cónyuges del mismo sexo ha supuesto, simple y llanamente, acabar con una discriminación todavía vigente en España, basada en la orientación sexual de las personas. En realidad, cuando el ordenamiento jurídico español prohibía el acceso al matrimonio a aquellas personas que sienten atracción, afecto u amor por otras personas de su mismo sexo, cometía una grave incongruencia con la Constitución (art. 14), que prohíbe la discriminación “por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social”. Será por esto que son tantos los cristianos españoles que han saludado favorablemente el matrimonio homosexual: no por ser ciudadanos más o menos progresistas, sino simplemente por ser fieles seguidores del Evangelio.

Voy terminando. Pero no quiero hacerlo sin comentar todavía otro asunto. Una de las frases que más subrayó la prensa, de tu declaración, fue que te habías “convertido al cristianismo, tras varias décadas de ideología marxista”. No se sabe si esto significa que te has sentido obligada a renunciar al marxismo para poder ser plenamente cristiana. Como bien sabrás, procedo de una tradición donde lo normal es ser a la vez cristiano y marxista, o al menos cristiano y socialista. Una tradición en la que las personas se han acercado al marxismo y al socialismo precisamente en nombre de su fe. Porque el cristianismo nos dice que a Dios se le conoce, fundamentalmente, a través del amor. Pero el amor es una práctica, no una doctrina. Y esta práctica también tiene su dimensión colectiva, universal, que es la fraternidad. El marxismo, a lo largo del siglo XX, ha sido una de las doctrinas necesarias para entender nuestra sociedad, para entender el capitalismo y para entender hasta qué punto era –y sigue siendo- de un sistema injusto.

El marxismo ha sido, simplemente, uno de las herramientas necesarias de la lucha por la justicia: sin un poco de marxismo, al menos un poco, no creo que sea posible comprometerse con la causa de la justicia. Por esto, espero que no hayas abandonado el marxismo al convertirte al cristianismo. Porque sin un poco de marxismo el cristianismo, el de cualquiera, se vuelve un poco menos cristiano.