La vida no me ha negado aún cierta capacidad de estremecimiento ante determinados hechos, como el que ha sacudido –tardíamente, cómo no- las páginas de algún periódico, semanas atrás, en esta olvidadiza tierra de moral carpetovetónica. Me refiero a la prohibición, por parte del obispado de Ciudad Real, de que una mujer lesbiana continúe formando parte de una directiva cofrade. Sucedió en Abenójar.
El vicario general de la diócesis manchega envió a la Hermandad de la Virgen de la Encarnación un escrito exigiendo que expulsaran a esta señora del puesto de vicepresidencia que venía desempeñando.
La razón: “conducta manifiestamente escandalosa”, según palabras del documento episcopal. La verdadera razón: esta mujer adulta se ha casado con su chica, otra mujer adulta con la que cohabitaba desde hace quince años. La razón todavía más profunda: una lesbiana católica se ha hecho visible.
Todo el vecindario sabía de esta convivencia, como es natural en un pueblo pequeño. Y tan ricamente, tan sin estridencias. Normalidad. ¿No luchamos por eso? (Bueno, algunos notables luchan por una incierta heteronormatividad… pero no hace al caso). Sin embargo, la bomba estalló. ¿Cuál fue el detonador, para la curia y su alegre banda? ¡El matrimonio! Esto es, que dos ciudadanas ejercieran libremente la plenitud de sus derechos de ciudadanía. Y ya sabemos que la jerarquía ultramontana no quiere ciudadanos, sino súbditos; que prefiere el vasallaje a la ciudadanía.
Efectivamente, al contraer matrimonio con su novia, la vicepresidenta de la hermandad de la Encarnación visibilizó su orientación sexual. Y eso los obispos católico-romanos y la gente “de orden” (así se llamaban durante el siniestro franquismo) no pueden consentirlo ni perdonarlo. Pusieron el grito en el cielo, y el sello obispal en el suelo del rescripto. Y, nada, a la puta calle.
Ahora unos y otros se rasgan las democráticas vestiduras, como hicieron en mi caso, hace seis años y pico. Pero ni los gestos histriónicos ni los dramones cambian la realidad. La realidad la cambia, por ejemplo, ese matrimonio manchego, tan natural. El drama, la injusticia, el crimen de la homofobia se combate yendo a casarse sin vergüenzas ni complejos. Diciendo aquí estoy yo, y no me vais a anular, a cubrir con el manto de la invisibilidad, pues no soy Harry Potter ni Frodo Bolsón.
En mi caso, durante el carnaval de Valverde hubo chicos que se revistieron de camisetas de apoyo. Hace tanto de eso. Ahora, en Abenójar, camisetas verdes serigrafiadas con un letrero que dice “Encarnación sin discriminación”. ¿Sabe el lector cómo acabaron aquellas y cómo acabarán estas camisetas? Servirán como trapos de limpieza. Triste metáfora: esta jerarquía sustentada por la caspa se limpia sus propias suciedades con nuestros derechos de ciudadanía.
Si algo sabe estos obispos es que tienen tiempo, y que éste hará que la reivindicación de hoy sea basura o –como mucho- trapo mañana. No nos engañemos.
¿Qué hacer? Tal vez leer sea nuestra más y mejor armada respuesta contra los demonios de la intolerancia que, una vez más, con renovado vigor se ciernen sobre las libertades de todos. Leamos pues:
Esta estrechez de espíritu que han demostrado todos ha sido indudablemente la causa principal de nuestras miserias y confusiones. Pero cualesquiera que hayan sido estos motivos, ya es hora de buscar una cura total. Necesitamos remedios más efectivos que los que hemos usado hasta ahora en nuestra enfermedad. No son las declaraciones de indulgencia o comprensión, como las que han sido predicadas o proyectadas entre nosotros hasta el momento, las que puedan cumplir esta labor. Las primeras sólo paliarán nuestro mal y las segundas sólo lo empeorarán.
La tolerancia es el distintivo y la característica principal de la verdadera iglesia. (Locke, “Carta sobre la tolerancia”, 1689).
Menos mal que Dios, ella sí, entiende. Bendita sea Dios. |
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| La tolerancia es el distintivo y la característica principal de la verdadera iglesia. |
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