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DIOS ENTIENDE
por José Mantero

UNA SERIE DE CATASTRÓFICAS PREGUNTAS

Fue Nietzsche quien lo advirtió: peleando contra la bestia, corremos el riesgo de trasmutarnos en otras tantas bestias. Algo sumamente grave que no hemos de olvidar, tampoco en las aún pendientes luchas de liberación gay, la mayoría de ellas en legítima defensa respecto de diversificados y enconados –bestiales- enemigos. Refirámonos en esta ocasión exclusivamente a la bestia jerárquica católica, monstruo dogmático al que preciso es presentar batalla, sí, pero con armas diferentes a las que dicha fiera emplea para agredirnos, injuriarnos, vejarnos... aniquilarnos. Su arma es el dogma; la nuestra, la razón, articulada desde la clara luz de un pensamiento libre.

La principal táctica ofensiva de la bestia católico-romana es el dogmatismo, disparándonos las balas del cuál pretende hacernos creer (tantas veces lo consigue) seres abyectos, enfermos, máquinas defectuosas, pecadores, indignos de amar, de ser amados, de vivir. El principal error de quienes nos defendemos de ella: también el dogmatismo, aunque sea en sentido distinto. Sí, lo reconozco, tal vez estaba equivocado: llevo seis años escribiendo, argumentando, tratando de razonar para que las personas gays se defiendan de la bestia católica. Y, sí, lo reconozco, mi argumentación puede haber sido igualmente dogmática. Eso sí, con la mejor de las intenciones liberadoras… pero teñida de dogmatismo.

Porque tan dogmático es atacar –como hacen los secuaces del siniestro ex nazi Ratzinger- diciendo que Dios condena el amor y las consiguientes relaciones entre personas del mismo sexo, como defenderse diciendo que Dios bendice el amor y las consiguientes relaciones entre personas del mismo sexo. ¿Cuál es el problema? El uso de Dios, de los dioses como coartada hermenéutica con alambicados tintes racionales o razonables. ¿Por qué este empleo de las metafísicas, cuando basta con la física? ¿Por qué los dioses, cuando es suficiente con el sentido común y los avances de las disciplinas científicas y humanísticas? ¡Podemos estar haciéndole el juego a la bestia! ¡Es tan fácil pasar al lado oscuro, Darth Vader!

Lógicamente (si puede haber lógica en esto), para un creyente pudiera parecer fundamental conocer el pensamiento de su dios acerca de su particular tesitura vital. Pero sin deponer su razón, su sentido común, su parecer. Si nuestro raciocinio, si nuestro pensamiento claudica ante un dogma –sea el que fuere-, hemos perdido la batalla de ser humanos. La tierra ya no será un planeta donde sea agradable vivir. ¿Ciencia ficción? No: llevamos así demasiados siglos.

¿Qué falta hacen los dioses para saber si es sano, o no, amar a mi chico? Tanta falta como una tercera oreja.
¿Necesito a los dioses para averiguar si puedo, o no, divertirme con un chico, follar hasta la extenuación, pasarlo bien juntos? Tanta falta como dos nucas.
¿Necesito a los dioses para ser hombre? La respuesta es, definitiva y lúcidamente, ¡no! Para ser hombre, basta con serlo. Y tallarse y desbastarse y construirse a sí mismo en el día a día de nuestra existencia.
¿Necesito a los dioses? ¿Necesito un principio externo de causalidad, fuera de mí como agente causal? Reflexiono ante los Cahiers de Paul Valéry:
¡Qué voluntad de error por menosprecio de la observación sugiere el sedicente principio de causalidad! La mente y los sentidos no podrían existir si este principio dominase. Pero no es sino una perspectiva pintada en la pared.
Cuando uno de esos cruzados lea esto, argumentará falta de respeto con las creencias religiosas. ¿Falta? Absoluto desprecio contra las creencias que esclavicen al hombre, a cualquier persona.

¿Dios entiende? Qué más da. Lo esencial es lo que cada uno piense, en libertad, rectitud y tolerancia. Lo dicho en el título: una serie de catastróficas preguntas. ¿Catastróficas para quiénes? El mes que viene, más.

¿Qué falta hacen los dioses para saber si es sano, o no, amar a mi chico? Tanta falta como una tercera oreja.