El espectáculo debe continuar. El artista conoce esa consigna, y sale al escenario así tenga el corazón roto, o cualquier dolencia que ataña a otro órgano. Es su oficio, y la vocación lo puede todo. Cuantas veces, en los últimos casi veinte años, Diossa apareció pletórica, irradiando sonrisas y desparramando falso glamour por el escenario, y tras dos dedos de maquillaje el dolor conseguía ser disimulado.
Lo mismo le ocurre a cualquier persona. “La vida sigue” se dice, y no importa cual sea tu tragedia, igualmente tienes que seguir andando, tomando aire, volviendo a tu trabajo. Es una constante humana, es algo tan connatural a la vida que ni tan siquiera llega a ser una miseria propiamente dicha, sino uno de los lados de la moneda que a diario tiramos en este juego extraordinario y fatal de la existencia.
Ahora me toca escribir, pero estoy tan golpeada que apenas puedo hacerlo. No tengo palabras para expresar mi consternación, mi pesadumbre, mi perplejidad, mi rabia. No tengo fuerza para teclear nada, no puedo concentrar mi mente, sólo una idea se impone y tapa la pantalla: ha muerto “mi Dimas”. Han matado absurdamente a mi sucedáneo de hijo. He perdido a mi, nunca mejor llamado, mejor amigo.
Adoraba a mi Dimas de una manera que mucha gente considerará impropia, habiendo tantos seres humanos faltos de afecto. No me importa, durante más de siete años me hizo sentir mejor persona. Sólo quien ha vivido mi experiencia puede entender cuánto lo echo ahora en falta. Algo se ha roto dentro de mí. Algo de mí también ha muerto, y por eso soy a la vez difunto y deudo.
Cierto es que soy una persona afortunada, porque muchos han sido los amigos que han acudido en mi imposible consuelo. Cuan agradecida les estoy a todos ellos. Pero nada ha conseguido mitigar mi duelo.
Realmente se llamaba DiMa´s, por ser a partes iguales “de DIossa y MAlyzzia”, y mi querida compañera, por ser más fuerte y más grande que yo, no está mucho más entera. Aún así ha sacado fuerzas de flaqueza para animarme a superar la pérdida. No sé si hubo un quinto Beatle, pero junto a Dimas casi formábamos un trío de cabareteras. Desde un primer momento me empeñé en hacerlo aparecer en todo cuanto hice, en todo cuanto pude; en televisión, en revistas, en video-clips, libros, fotos... incluso en actuaciones y algún que otro acto social. Tan orgullosa me sentía, tanto lo quería... Y ahora ya es sólo un recuerdo, un reciente, maravilloso y doloroso recuerdo.
El tiempo pasará y amortiguará mi pena, pero en estos momentos soy la persona más triste y más desgraciada del mundo. Estoy simple y llanamente desolada. El dolor me supera, me rompe los esquemas, me destroza por dentro. Mi Dimas ya no ladra, ya no gruñe, ya no gime, no ronca, no estornuda, no suspira. No come, no bebe, no orina, no vomita, no defeca. No muerde, no me pasa por la barbilla su enorme lengua. Cómo echo de menos esos pedos que provocaban mi risa y arrugaban mi entrecejo.
Me he visto en la necesidad, involuntaria necesidad de exorcizar en estas páginas el dolor producido por la pérdida de uno de mis seres más queridos. Un póstumo homenaje que me sirviera para decirle a él, y a todo el mundo, lo mucho que lo quería, aunque de sobra lo sabía, y me devolvía ese cariño multiplicado por mil.
La muerte de “mi Dimas” no abandera ninguna causa, pero al escribir este artículo estoy pensando en tantos gays para los que su mascota es su mejor, a veces, su único amigo. Personas con o sin pareja, personas sin posibilidad física o económica de tener hijos, pero con necesidad de dar cariño a esos pequeños seres, seres que muchas veces terminan convirtiéndose en el centro de nuestras vidas.
Dimas me hacía sentir... felicidad, o algo seriamente parecido. Y ahora no está. No puedo abrazarlo. Lo llamo y no acude. No lo encuentro recostado en sus sitios habituales. No escucho sus pisadas. No me acompaña cuando escribo. No se sube a mi cama. No secuestra mi calzado... Pero si cierro los ojos lo veo frente a mí, manteniéndome la mirada, esa mirada tierna que no olvidaré, aunque tuviera la dudosa dicha de llegar a anciana.
Ayer me tatué su nombre en el cuerpo, aunque hacía tiempo que lo llevaba tatuado en mi alma. |
|
Pocas veces puedes escribir sobre la experiencia de tu propia muerte. He perdido a “mi Dimas”, y aunque me siento más viva que nunca, una parte de mí también ha fallecido..
|
|