L@s que además de maquillado, posean un ojo avizor, se habrán percatado de que –¡a propósito de ojo!- en esta sección titulada “Mi mirada”, que tan amablemente me propusieron conducir hace unos meses mis amigos –pero sin embargo jefes- de GAYBARCELONA, vengo presentando mi personal visión de artistas varios, y de varias disciplinas, incluyendo siempre, además de un atractivo material fotográfico, un autógrafo en exclusiva para los adeptos a esta revista (También se habrán percatado de mi abuso de las comas y mi despiadado ninguneo al punto y seguido. Es que me gusta que mis lectores se exciten con los primeros síntomas de la asfixia, si no con mi verbo de periodista frustrada).
El mes pasado, tristemente, me vi en la tesitura de tener que romper esta dinámica, y dedicar esta doble página a la memoria de mi querido Dimas, que me dejó en lo mejor de su vida, debido a un estúpido accidente. Todos los amantes de los animales entenderán mi postura, y el lamentable estado emocional que lucía a la sazón. Dos meses después tengo una nueva criatura en mi casa, e ilusiones renovadas, además de esa cicatriz en el corazón que me hará recordar siempre a mi primer bulldog.
Retomo ahora mi línea y paso a contaros la experiencia, no sé si religiosa, acaso peligrosa, que viví este mayo, cuando los hados urdieron el imprevisto encontronazo entre Diossa y Malyzzia y, ni más ni menos, que Pete Burns, el cantante del grupo Dear or Alive, que muchos conoceréis aunque sólo sea por su éxito “You spin me round” (a el/ella también se le conoce por ser uno de los seres humanos con más operaciones de cirugía por centímetro cuadrado de piel, dicho sea de paso y sin ánimo alguno de crítica).
Tampoco cambio tanto de tercio, puesto que tras recordar a ese maravilloso bulldog inglés, paso ahora a disertar sobre “una perra bastante británica”. Sin lugar a dudas Pete Burns es uno de los personajes más controvertidos del pop a escala planetaria, y de todos los tiempos.
Desde luego no voy a esquematizar ahora una biografía del susodicho, porque sería insultar la inteligencia de todos vosotros, ya que hablamos de uno de esos divos que no necesitan presentación alguna, que son iconos absolutos del mundo gay, por derecho propio. En cuanto a todo aquel que, debido a pertenecer a una jovencísima generación que apenas nació en los `80s, no conozca a esta estrellona megalítica, solo puedo deciros que estáis en la obligación absoluta de documentaros, informaros y ser conscientes del bagaje audiovisual que ha hecho de la cultura homosexual lo que es hoy, y a la que bien que os gusta pertenecer. Ya lo hice yo, pubescente perdida, con Quentin Crisp y otros muchos.
En resumidas cuentas, que se me va el tiempo y los caracteres acordados, Malyzzia y yo llegamos a Maspalomas, en Gran Canaria, para ejercer de presentadoras de la Gala del Gay Pride que ellos celebran a principios de mayo, porque para qué esperar al 28 de junio con tantísima musculoca congregada ya en primavera, ansiosas por desfilar. Cual sería nuestra sorpresa cuando a final de escaleta vimos que aparecía el nombre de Pete Burns –sin Dead or Alive-, como cierre del evento. ¡Nosotras presentando a Pete Burns, qué fuerte! Me acordé de cuando en 2005 presentamos en el Pride de Madrid a Marc Almond (sin Soft Cell). Solo por estas cosas una está encantada de dedicarse al artisteo.
Finalmente Pete Burns no actuó. Para ser elegante diré que nuestro ídolo se encontraba algo indispuesta. Mejor habría que decir que estaba muy indispuesta... y quitar el “indis”. Tras la Gala se organizó una pequeña fiesta para los artistas. Cuando llegamos Malyzzia y yo al privado sólo encontramos a una chica vestida con un traje de novia (!) sentada junto a un chulo en un sillón, lo cual nos pareció ciertamente surrealista. La dama en cuestión resultó ser el mismísimo Pete Burns, aunque a bote pronto parecía más bien La Veneno con ochenta quilos menos. Para no parecer unas paletas la ignoramos y nos sentamos al lado. Ella nos ignoró todavía más, y ni corta ni perezosa se quitó el vestido, se quedó en bragas, sacó un modelito de lentejuelas del bolso y se lo plantó.
Entonces llegaron el resto de invitados y la party se animó. Fue cuando decidí pedirle un autógrafo (para Gay Barcelona, no para mí, por supuesto, aunque me encanta, pero qué humillación para una diva como yo...), y como soy muy educada –y precavida, y conozco su fama de conflictivo- antes pregunté a una persona de la organización si creía procedente el acercamiento. Me contestaron literalmente que igual me podía dar un autógrafo que con un vaso en la cabeza, que era imprevisible y les tenía a todos locos desde su llegada.
Me armé de valor, como quien se acerca a una casa donde avisan de can agresivo, y con la mejor de mis sonrisas, y con mi mejor inglés, me acerqué a él, papel y boli en ristre. Me dio la espalda para firmar el garabato, y sin volverse hacia mí me tiró hacia atrás el papel, por encima del hombro, con tal desconsideración que no supe si echarme a reír o darle un tirón de pelos (me hubiera quedado con su peluca en la mano). Opté por recordar a tantos y tantos astros que mantienen las buenas maneras con sus fans (incluido Marc Almond) y, por otro lado, comprendí que uno más de los “encantos” de Pete Burns es que es tal cual es, y que no es ni más ni menos que como hay que aceptarle. Y me sigue gustando tanto como siempre. Quizá más. ¡Pero desde luego una cosa es ser punki y otra muy distinta una grosera sin modales, bonita! |
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Pete Burns, líder del emblemático grupo Dear or Alive, puso su tacón en la España insular, y no perdí la oportunidad de comprobar –y sufrir- su fama de travesti macarra.
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