Como toda melómana afortunadamente desorientada, como todo adolescente con un punto canalla, yo también disfruté a redrotiempo de mi momento heavy, donde aporreando invisibles guitarras –y agitando “inexistentes” cabelleras...- disfruté no sólo de la marcha del metal más cañero, también de maravillosas baladas rockeras como aquella “Hijos de Caín”, de los incombustibles Barón Rojo. Y esta canción me vino ineludiblemente a la cabeza al pensar en Abel, pero no en aquel bíblico Abel, conformista y mojigato, sino en Abel Arana, la oveja rosa de los “Abeles”, el Abel más desinhibido, más políticamente incorrecto... el Abel más Caín.
Sí, un Abel con piel de Caín (o quizá viceversa) que ahora nos ha hecho entrega de su propios textos, más o menos sagrados, aunque a la postre jueguen más con la irreverencia. O quizá tendríamos que hablar mejor de su Tabla de los Diez Mandamientos, que en este caso serían del “Maricón Perfecto”, pues “Manual del maricón 10” era el título que en un principio barajó para esta novela ambientada en Chueca, en una Chueca tan estereotipada como, por otro lado, absolutamente cierta. Un lugar y un tiempo que muchos hemos vivido y sabemos hasta qué punto el cliché está basado en una cruda realidad, a la que sólo ha habido que darle vuelta y vuelta, sazonándola con un poquito de humor, crítica e ironía.
Como soy una persona con mucho criterio y mucho carácter, puedo hablar con total objetividad de mis amigos, sin que al caer en el más descarado ditirambo haya por qué pensar que me ciega la proximidad. Por eso no sólo fui la primera en presentarme hace unos días en la madrileña y emblemática librería Berkana para arroparlo en su debut literario. Además ahora, una vez leída su novela (¡en la que además aparecemos Diossa y Malyzzia!), me dispongo a aportar mi granito de arena para animaros a todos a leer “Historias de Chueca”. Previamente es recomendable haberla comprado, claro.
Bueno, no es que me hiciera falta leerla, yo suelo recomendar muchas veces libros, discos y películas que aún no te tenido la oportunidad de disfrutar, simplemente por los artistas que puedan estar implicados en esos trabajos, y que para mí son un seguro total de futuro recreo, y rara vez suelo equivocarme. Detrás de un tipo tan divertido, y vivido, como Abel Arana, sólo podía haber una descacharrante, ácida y a la vez tierna historia de colegueo ambientada en el ambiente.
Aquella tarde, la de la pesentación, Abel Arana se encontraba flanqueado por Mili Hernández, editora de la novela y dueña de la librería, y por Eduardo Mendicuti, que no necesita presentación, ya que es uno de los pesos pesados de la llamada literatura gay nacional. Este actuó de padrino, y también se deshizo en halagos hacia este chulazo de la narrativa rosa. Abel, tan guapo como de costumbre, aunque quizá un poco más nervioso de lo habitual, explicó a los numerosos asistentes que se había limitado a escribir con total frescura, y obviando cualquier cortapisa, la historia de dos chicos de provincia, que arriban en Madrid a principios de los noventa, y que enseguida se ven inmersos en el gueto, disfrutando –a la vez que, en alguna medida, sufriendo- de una libertad y de unas posibilidades que ninguna capital de provincia podía ofrecerles.
Abel hizo apología del término “maricón”, por rotundo y auténtico, despreciando el “marica-mariquita”, por las connotaciones heterosexuales peyorativas, el “gay”, por ser un neologismo importado, y el “homosexual”, por sonar como a enfermedad vergonzante. También se definió como “musculoca”, al igual que los protagonistas de su novela y tantos otros pobladores del distrito rosa capitalino, de los cuales, al abanderar la causa anabólica y “mancuernil”, se ha convertido oficialmente en un simbólico padre, y ellos, culturistas y arquitectos de sí mismos, en auténticos “Hijos de Abel”. No obstante dejó claro que no se trataba de un texto autobiográfico, aunque lo hizo con media sonrisa, y yo, pasándome tres pueblos, os confío ahora a vosotros que algunos de los pasajes de esta divertida y entrañable historia ya me los había contado él a mi hace mucho tiempo, como vivencia propia.
Abel Arana, ese montón de músculos coronados por un cerebro, a medio camino del cual encontrarás un corazón que no le cabe en el ejercitado pecho. |
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Tras formar parte del dúo de productores musicales Pumpin` dolls, Abel Arana, glúteo inquieto, desembarca en el mundo de la literatura con la novela “Historias de Chueca”.
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