El pasado mes de agosto falleció el escritor y poeta, y activista gay, Leopoldo Alas Mínguez. He aquí mi humilde homenaje a este buen amigo y mejor persona.
Nunca me acostumbraré a mencionar la muerte de un amigo sin que el vello se me erice, el ojo se humedezca y el alma se me encoja. Y no quiero acostumbrarme, no quiero embrutecerme hasta tal punto. No importa que la vida nos vaya acostumbrando a este tipo de bofetones, que parecen ir incrementándose con la edad, al contrario que ocurre a la hora de “educar” a un niño que va creciendo y convirtiéndose en un adulto que no tolera ese trato. Nosotros nada podemos hacer por impedir esta ley de vida, si bien algunos amigos se nos marchan aún jóvenes, razón por la cual nos resulta aún más cruel e injusta su pérdida.
Así me encuentro a un mes vista de la triste e inesperada desaparición de Leopoldo Alas, intentando aún dar crédito a una situación que se me antoja de pesadilla. Todavía me levanto en alguna ocasión imaginando, y deseando, que no haya sido más que un mal sueño. Lamentablemente la realidad, como de costumbre, acaba imponiéndose, los días se suceden unos a otros, y al final no te queda más remedio que aceptar la consumación de un hecho que, tarde o temprano, nos unirá a todos.
Leopoldo –Leo, Poldo, y sobretodo Polo, como lo llamaban muchos amigos (concretamente yo no, me encantaba la sonoridad y contundencia de “Leopoldo”)- era uno de esos seres tocados por cierta varita mágica, que hacen de ellos personas excepcionales. Excepcionalmente divertidos, excepcionalmente creativos, excepcionalmente bondadosos... Excepcionales, en una palabra.
Así era él, o al menos esa es la imagen que guardo y guardaré siempre de Leopoldo Alas. Una persona siempre dispuesta a escuchar, y también a hablar. Un amigo siempre dispuesto a apoyarte en la medida de sus posibilidades. Un ser que te impregnaba de buenas vibraciones, y que destilaba sensibilidad por todos sus poros. Un hombre que parecía mantener vivo el niño que fue, razón por la cual parecía no tener edad.
No hay que olvidar que también fue un gran trabajador, un escritor que tocó todos los palos, fuera novela, ensayo, teatro... Podías verlo cubriendo mil eventos, con su cámara de fotos y su sonrisa en ristre, cultivando un periodismo al que ponía todo el corazón. También ejerció como locutor de radio, impregnando igualmente las ondas hertzianas de toda su sabiduría literaria y vital. Hay que destacar, además, su innegable contribución como activista de la causa gay, como referente positivo, como intelectual comprometido. Y, sobretodo, hay que tener en cuenta que, por encima de todo, fue un poeta, con todas las letras, nunca mejor dicho.
Por eso, aunque en esta sección donde acostumbro a incluir un autógrafo del personaje mencionado -hoy dedicado involuntariamente a Leopoldo Alas- no podáis encontrar esa firma brindada a vosotros, lectores, no importa, no es necesario: él nos ha dejado toda su obra, para siempre. Justamente eso hará que, de alguna manera, podamos decir que Leopoldo siempre estará con nosotros, a través de su gran labor como escritor de raza. |
|
Así era él, o al menos esa es la imagen que guardo y guardaré siempre de Leopoldo Alas. Una persona siempre dispuesta a escuchar, y también a hablar. Un amigo siempre dispuesto a apoyarte en la medida de sus posibilidades.
|
|