Almorzando juntos, me comentaba el otro día un amigo lo morboso que le resultaba, siendo católico, tener relaciones sexuales de las catalogadas como prohibidas por cualquiera de los mamíferos que catalogan como prohibidas -o no- las relaciones humanas. Efectivamente, mi amigo también es gay. Según me argumentaba, el arrepentimiento, el sentimiento de culpa y la sensación de andar metido (metidísimo) en algo que sus bípedos jerarcas califican de sucio le funciona a él como explosivo combinado de sustancias altamente estimulantes. Vaya, que, previsualizando la reprimenda de su confesor, mi amigo es capaz de tunelar de nuevo el Mont Blanc, así como primera providencia, antes de bajarse los calzones. Figúrense.
Uno, qué quieren que les diga, que oficia escasamente pero con suma dedicación y es consciente del carácter efímero del mundo, no está para censuras ni/o catalogaciones tremendas, como esas que polucionan los muros de rectorías, obispados y estados de opereta. Respetando a mi amigo y a otros como él, uno prefiere el sano, juguetón, refocilante y desinhibido ejercicio de lo que no tiene enmienda, sin tapujos, tabúes o sandeces de ese jaez, así vengan de los dioses como de los divinos y divinas que pueblan nuestras praderas (fantásticas áreas de cruissing).
Les voy a contar algo divertido. Más que nada, por salvaguardar el desenfadado carácter del veranillo que ya va camino de plegar.
Verán. Resulta que hace seis años y pico, a las dos semanas -día más, día menos- de mi salida del armario, regresé a mi casa algo estresado (la prensa es la caña, más aún si se autobautiza gay...). Como de todos es conocido el carácter profundamente relajante del fornicio, me lo pensé dos veces antes de enfilar con el coche la autovía A-49. Qué digo dos, no me lo pensé ni media vez. Derechito me encaminé a una conocida área de servicio penal (ejem) de la armariada y armariosa Sevilla.
Llegar y besar el santo. Un maromo, entre tímido y te-como-entero, ralentizó la marcha de su viejo Golf rojo (son datos reales; a éste, si me lee, le da un algo), y yo apagué los faros de mi Daewoo. Me bajé, se apeó. El cortejo en estos sitios suele ser rapidito, como una tienda de desavío, nada que ver con los recovecos y retruécanos del amor cortés medieval, ya saben. De manera que, tras laparoscopia traqueana-lingual, pasamos a mayores en el interior del auto (del mío). Parafraseo al marqués de Santillana: vicio tan morboso non vi en la frontera...
Yo, entonces, cometía y acometía el vicio nefando, esto es, fumaba. Omnes animal post coitum fumat... Eso ya lo hicimos al aire libre y, entre un pitillo y otro, el notas confesóme ser granadino, Gabriel de nombre y gracia (averígüelo Vargas) y de comunión diaria. Vamos, que a las tempranas horas nocturnas que eran, el beatífico comulgante aún no había hecho la sagrada digestión.
Yo, claro, le pregunté. El tío, tan normal. Luego le saqué el tema mío, sin decirle que era yo. Que si había visto la noticia del cura que salió del armario y tal. El, que no me había reconocido ni me reconoció, me aseguró que me habían pagado ocho millones de pelas por la exclusiva. Y tal. Y se quedó tan ancho. En fin, fue divertido, divertidísimo, amén de sumamente placentero, porque el joven tarsicio tenía maravilloso saque y estrellas Michelin en degustación nabal. Con b. Nos despedimos, y punto final.
Hay personas religiosas, católicas o no, que sienten el peso de la culpabilidad cuando tienen relaciones (o simplemente desean mantenerlas) con personas de su mismo sexo. Hay otras que, como mi granadino, nones. ¿Qué es la culpa, qué la culpabididad? Una terrible enfermedad, un enojoso chancro que de por vida padecen muchas criaturas, merced a los oficios de mamíferos que les estigmatizan, malditos, malditos sean siempre estos viciosos maleantes, terroristas del alma.
¿Qué podemos hacer? Lo de Gabriel, al menos. Salud. |
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| Hay personas religiosas, católicas o no, que sienten el peso de la culpabilidad cuando tienen relaciones (o simplemente desean mantenerlas) con personas de su mismo sexo. Hay otras que, como mi granadino, nones. ¿Qué es la culpa, qué la culpabididad? Una terrible enfermedad, un enojoso chancro que de por vida padecen muchas criaturas, merced a los oficios de mamíferos que les estigmatizan, malditos, malditos sean siempre estos viciosos maleantes, terroristas del alma. |
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