La verdad, a estas alturas del año, y con las vacaciones encima, se me quitan las ganas de comprar cualquier cosa. Bueno, quizás me he expresado con demasiada tendencia depresiva. La depresión postorgullo me ha dejado tocado. Sin ganas de nada. Incluso de masturbarme, cosa que hacía a diario y de muy buena gana. Y además, el calor debe estar atontando a mis pocas neuronas en activo porque engullo toneladas de chocolate y millones de litros zumo de naranja. Si sigo a este paso, voy a convertirme en el rey de la osera (que por otro lado no me desagradaría). Todo por un puto ligue de una puta noche. Un aquí te pillo aquí te mato que me salió rana. Fue muy rápido. Después de la “Mani” de Madrid de este año (of course), decidí darme un garbeo por los baretos de chueca. De flor en flor, de mojito en mojito, hasta que el alcohol me cegó y entré en barrera hacia mi habitación del hotel. Un hotel precioso y muy lujoso situado en la plaza Santa Ana de la capital, muy frecuentado por celebrities, eso que está tan de moda ahora en las grandes urbes y que no sé exactamente a que se refieren con ese concepto. Al entrar por la puerta giratoria del Hall, tropecé por motivos de la alcoholemia, claro está, y di toda una vuelta de más para acceder al edificio. Muy amablemente me tendió una mano uno de los botones del hotel. Me preguntó en qué habitación me alojaba, se lo dije. Me acompañó hasta ella, y al entrar me susurró al oído si necesitaba ayuda. Le miré a los ojos y vi a un chico guapísimo, rubio y de ojos azules. Le dije que por favor me ayudará a meterme en la cama. El resto es de contenido pornográfico que no pienso contar ni siquiera en mis memorias mejor pagadas en la “Hola”. Cuando desperté, me tenía rodeado con sus fuertes brazos. Luego, una ducha doble con folleteo incluido, de lujo. Un café y un excelente desayuno buffet del hotel al lado del mismísimo Will Smith que estaba de promoción de su última peli. Dos besos y nos despedimos. Me quedo pensando, un tanto intranquilo, dubitativo, creo que no pasa nada. Pero, después de despedirme de él ya no lo volví a ver en recepción. No me había dado cuenta que no sabía ni su nombre, si tenía su número de teléfono, ni ninguna forma de contactar con él. Quizás fuera un castigo del destino. Quizás me lo merezca por ser tan superficial. Ahora tengo esos ojos azules grabados en mi cerebro. La ansiedad de apodera de mi. No puedo dejar de pensar en ese chico. Algún día, cuando siente la cabeza. Cuando deje de picotear del polen de tantas flores, será entonces, cuando, quizás vuelva a encontrarme con él. El chico de los ojos azules, el que me dejó herido el corazón y cansada el alma de tanto suspirar. Mientras esto no sucede, tendré que seguir con mis cuartos oscuros y mis zonas de cruising, algo que me mantenga ocupado, para no pensar en nada. Para intentar volver a ser el de antes. Tan sólo un dandy con pasta, mucho tiempo libre, ganas de comer polla, escuchar música con los colegas en algún garito, y por supuesto, lo mejor que existe después del sexo, ir de compras.