Sinceramente, yo era de aquellos que siempre decían, por Dios, yo nunca he estado en una sauna. Pero, tengo que decir, que nunca se puede decir de esta agua no beberé. Durante una cena de negocios, sí, yo trabajando, que divertido, deberíais verme vestidito de punta en blanco, con mi traje Armani, negociando contratos de varios miles de euros, simulando que soy hetero para sacarles pasta; volviendo al tema, durante esa cena, dió la casualidad que uno de eso heteros, era un hetero gay. Casado, con hijos, pero maricón perdido. Pues no me dijo el tio que le llevase a una sauna gay para aliviarse antes de firmarme el contrato de los cojones. Ni corto ni perezoso, cogí mi iphone y consulté en Internet donde estaba la sauna más cercana. Me costó unos quince minutos llegar hasta allí y aparcar el coche. Pagué la entrada de los dos. Entramos. No sabía ni qué coño tenía que hacer. El tio de la entrada me llama: “señor, señor, que se olvida las llaves de las taquillas”. Abrí la taquilla. Encuentro una toallas y unas zapatillas de plástico un tanto cutres. Me despeloto, él también se despelota, se pone la mini toallita en plan romano y con la tranca morcillona se adentra por unas cortinas que separaban la oscuridad de la luz. Pensando en que se me escapaba la posibilidad de firmar un contrato importante, corrí hacia él. No podía perderlo de vista. Y pasé al lado oscuro. Allí encontré un submundo que me deslumbró. Siempre había escuchado que los gays teníamos más facilidad para follar que los heteros. Aquello era la prueba de que esa premisa era cierta. Un camino repleto de un sin fin de mini habitaciones con una especie de catre cutre, en el que, adentro de algunas de ellas esperaban tios en bolas, pajeándose, o follando con otro, algunas puertas estaban cerradas, otras no. Un silencio extraño roto sólo por los gemidos de algún mancebo que disfrutaba de los placeres del cuerpo. Un poco más adelante, se abré paso la luz, salgo de la penumbra, y en un espacio abierto, un espectacular jacuzzi en el que retozaban varios elementos bien dotados en un agua de Dios. Allí encontré a mi víctima, despelotada jugando con la miembra de un mancebo. Al acercarme, la diminuta toalla cedió y calló al suelo, dejando al aire mis partes más queridas. El tipo, al verme allí plantado, soltó la susodicha miembra, y se agarró a la mía, cosa que no me agradó de entrada. Lo admito. Poco a poco empecé a relajarme y, por supuesto, a disfrutar. El resto del trabajo lo acabamos en una de esas mini celdas de castigo utilizando un preservativo y algo de lubricante. El muy jodido le gustaba recibir todo mi amor y todo mi cariño de grandes proporciones. Al acabar, un cigarrito, un trago en el bar de la sauna y una firmita, allí mismo, del contrato de mi vida. La verdad, podría decir que lo hice por la pasta. Pero la verdad es otra. Me venció el vicio, o la situación viciosa. Aunque a mi me gusta decir que la naturaleza sigue su curso. Si eso es lo que te pide el cuerpo. ¿Por qué no? Desde aquel día, he ganado mucha pasta. Pero sigo haciéndolo porque me mola. Mola follarme a esos tios casados. Mola descubrir que son gays. Mola ver como se mueren porque se los folle alguien. Me mola y me pone.