Recién salido del armario, va para siete años, me telefoneaba con número oculto una voz -diría que de hombre- absolutamente conocida a pesar del pretendido anonimato: Manuel, pues tal es su nombre, un cura de Huelva, gay ejerciente en el armario, con una intensísima vida sexual. Me llamaba para manifestarme su apoyo por el paso que di (que sigo dando, pues no se sale del armario de una vez para siempre, como sacramentalmente, sino que es una opción que ha de concretar uno cada día de su existencia), y para pedirme disculpas por ocultar su número de móvil. Me comentaba que él jamás saldría del armario, no porque no lo viera necesario (que lo veía), sino porque no se encontraba preparado para ser eventualmente suspendido en el ejercicio de su ministerio. ¡Como si hubiera alguien realmente preparado para que le amputen una importante dimensión de su ser y quehacer! Con algunos respetos, la opción manuelina es hipocresía.
También me telefoneaba a veces Joaquín, sacerdote de Tarragona, gay, así mismo sexualmente practicante (no podía ser menos en alguien de tanta fe). Este cura tenía más tiros dados, le empecé a coger cierto aprecio, hasta que se cortó la comunicación entre nosotros por algo que me dijo, que hizo que se me helara el wifi telefónico. Joaquín, con todas sus asaduras, me soltó una buena tarde: Pepe, has sido tonto, pues podías haberte quedado calladito, y disfrutando de la vida... Claro, y conservando mi puesto de trabajo, y no siendo suspendido, y con los garbanzos calientes. La opción joaquinita es de la misma calaña que la manuelina.
Vicente, cura de Valencia; Josep Maria, de Barcelona; Juan, de Sevilla; Antonio, de Jaén... no voy a seguir.
A estas alturas, lo digo sin amargura, aunque con cierto sereno dolor (inevitable, claro): qué pena. Estos sacerdotes, como los cristianos gays a quienes por encargo de Cristo prometieron servir, merecen ser felices, vivir unificados, como personas enteras, íntegras. Qué pena que tengan que vivir la vida sólo de noche, cuando todos los curas son pardos en ciertos antros. Qué pena.
Por esta y otras razones, que persisten, continúa siendo absolutamente necesario, hoy, salir del armario.
No me refiero al gay de las Alpujarras, o del Andévalo, las Hurdes, las Batuecas... No. Hablo de esos gays (hombres y mujeres) que, ocupando un puesto de cierta responsabilidad social, podrían ayudar tanto y tanto a otras personas homosexuales, si dieran el paso de abrir la puerta, respirar hondo, salir, volar...
Gente como Manuel, Joaquín, Vicente, Josep Maria, Juan, Julián, y ese vertiginoso y casi abisal etcétera. Si estas personas salieran del armario, la vida de Pancho, Manoli, Cefe, Pedrillo, Juani y tantas y tantas personas gays tendría una luminosidad distinta.
Claro, hay que echarle huevos y ovarios, claro. Además, te enfrentas a una ley que voy a llamar de la heroicidad: la gente quiere héroes, pero que cumplan con el requisito indispensable de todo héroe que se precie; esto es, que sean héroes muertos.
De otro modo, ocurre -esto no falla- que la misma gente que te vitoreó como héroe te proclama ahora y te martiriza como si fueras un villano. El mismo pueblo que aclamó a Jesús de Nazaret el Domingo de Ramos en aquella luminosa mañana jerosolimitana, pidió a voces la cruz para él en aquella ominosa tarde de Viernes Santo. Es ley de vida. El héroe ha de morir o desaparecer; si no, indefectiblemente su gente lo convertirá en villano.
Seguramente por esta razón, entre otras, Manuel, Joaquín, Vicente, Josep Maria, etc no salen del armario. El miedo es comprensible, aunque no tiene razón de ser que un discípulo del Cristo de la cruz y la resurrección quiera guardar su vida, pues su Señor le dice que quien quiera guardar su vida, la perderá; pero que quien por El la pierda, la salvará.
No sé por qué escribo esto. Tal vez porque esta tarde me habita la serenidad del deber cumplido. No de todo el deber, eso sería imposible: el deber ético ha de retomarse cada amanecida, sin soltarlo a la anochecida, cuando los sacerdotes rezan “en tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu; tú, el Dios leal, me librarás”, en la bellísima oración de las Completas del Breviario Romano.
Yo ya no soy oficialmente su hermano en el ministerio sacerdotal, no por decisión mía sino de Roma. Bien está, lo doy por bien empleado con tal de haber transmitido a uno o dos (poquitos más, si acaso) una palabra de luz y esperanza. No obstante, seguimos siendo hermanos en humanidad. A esta fraternidad apelo cuando les sigo llamando a abrir las puertas del armario, para que miles de gays y lesbianas, reprimidos por una jerarquía eclesiástica ferozmente represora, sacudan el yugo de la esclavitud y puedan vivir, de una vez por todas, como Dios manda: hombres libres en un mundo libre. |
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| Por esta y otras razones, que persisten, continúa siendo absolutamente necesario, hoy, salir del armario.
No me refiero al gay de las Alpujarras, o del Andévalo, las Hurdes, las Batuecas... No. Hablo de esos gays (hombres y mujeres) que, ocupando un puesto de cierta responsabilidad social, podrían ayudar tanto y tanto a otras personas homosexuales, si dieran el paso de abrir la puerta, respirar hondo, salir, volar... |
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