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DIOS ENTIENDE
por José Mantero

Opiniones de un florero

A mí qué me va a importar que el florero opine sobre el matrimonio, el aborto, la eutanasia... A mí qué me va a importar: un florero exclusivamente adorna, no pinta nada. Los floreros no opinan. ¿no? Este, en concreto, no ha dicho nada sobre el divorcio, acaso porque el florero de al lado esté divorciado. Vaya usted a saber.
A mí qué me va a importar que, saltándose todas las reglas del sentido común, que señalan que las permanentes no pueden entrevistar a los floreros, porque los floreros no hablan, porque los floreros no opinan, una cardada del Opus, íntima de la también opusina secretaria oficiosa del florero, entreviste al susodicho. Qué me va a importar. ¿Acaso las permanentes, los cardados, pueden pitar en el Opus? ¡El acabóse! El florero ha sido hecho y puesto, como todos los floreros, para cumplir dos funciones sociales... tres: adornar un espacio vacío, contener flores y/o servir de papelera.
Hasta ahora los floreros, si pensaban, si opinaban, no piaban: todavía no habían olvidado que los gastos de su mantenimiento, limpieza y eventual restauración los sufragamos los dueños del florero, todos los contribuyentes. Somos tan absurdos: nos morimos por un florero. Hasta ahora, los floreros no se manifestaban. Hasta ahora.
Pero como suseñor el difunto Marqués de Peralta de la Sal parece que, efectivamente, milagros obra, ahora el florero ha cobrado humanas disposiciones y responde preguntas, y sale en los papeles, y disfruta de las horas de notoriedad que tanta falta le hacían al florero y a la fábrica de floreros de su mismo jaez. Se encuentran tan solos los floreros, comprendedlo, no os hagáis malasangre.
Opiniones de un florero. Que qué mal está que los maricas luzcan tronco, tronío y salsa, siendo tan hetero el florero. Y tan hetero su retoño florero (¡Floreros con descendencia: qué cosas!). Que qué malamente, que en el cole se ha de enseñar religiosamente lo que religiosamente religa al florero. Qué malamente.
El volumen-florero que recoge la interviú de la permanente al florero se vende cual condones en sábado. La muy cardada se prodiga magisterialmente por platos y platós, defendiéndose de los cuidadores del florero, que con la que está florerísticamente cayendo han sido cogidos en vil renuncio. Donde dije digo...
Opiniones de un florero. No me importan: son los estertores de los perdedores. Justo el florero se ha manifestado en contra de un progreso humano ya aceptado y regulado por la misma Ley que protege al florero del sentido común, la libertad y la democracia.
El Gobierno, casi en tromba, se lanza a chistar a quienes se rebelan contra el absurdo hecho de que un florero hable, opine, píe. Porque el Gobierno sabe (no lo dirá ni muerto, no obstante) que estos floreros no tienen sentido ni razón de ser en una casa habitada por adultos. Porque el Gobierno -y los floreros vecinos- saben que el florero se puede romper, es frágil y quebradizo, aparte de una antigualla.
Que, por cierto, es la otra función social del florero: ser pateado y roto. Y al cubo de la basura de la historia. De los floreros. De los sinsentidos. Será por esto que el Gobierno intenta proteger al florero. Imprudente, kafkiano florero.
A mí me importan un pimiento las opiniones del florero. Es más, superada la inicial estupefacción de asistir al espectáculo de un florero que habla, pienso, digo, proclamo: que el florero continúe hablando. Será el modo más rápido de que, de una vez por todas, deje de haber floreros aquí, en esta casa adulta, donde ya no hacen falta.
¡Salud y República!

A mí qué me va a importar que, saltándose todas las reglas del sentido común, que señalan que las permanentes no pueden entrevistar a los floreros, porque los floreros no hablan, porque los floreros no opinan, una cardada del Opus, íntima de la también opusina secretaria oficiosa del florero, entreviste al susodicho. Qué me va a importar. ¿Acaso las permanentes, los cardados, pueden pitar en el Opus? ¡El acabóse! El florero ha sido hecho y puesto, como todos los floreros, para cumplir dos funciones sociales... tres: adornar un espacio vacío, contener flores y/o servir de papelera.