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MI MIRADA
por Didi Escobart ( Diosa )

CHAVELA VARGAS


Chavela, diminuta, es una supernova, una estrella concentrada, comprimida, siempre a punto de explotar, de plagar nuestra existencia, nuestro mezquino universo, de fragmentos de canciones, de sangrantes estrofas, de estribillos vomitados por el alma, impregnados de dolores, sinsabores y temores. También de amores.

Chavela ignora Costa Rica, donde hace más de ocho décadas abrió los ojos al mundo. Su tierra no le dio nada, más bien le quitó todo. Nació por tanto en el inmenso México, inmenso como sus ojos, profundo como su mirada, extenso como sus lágrimas. Renació en la madre patria, y por eso ya siempre será un poco de todos nosotros, Chavela siempre cercana. Chavela mundana.

Isabel, de apellido Vargas, como si fuera gitana, se sube al escenario y hace emerger su cabeza de un sobrio poncho de tenue tono malva, o de cualquier otro color a juego con su aura. Coronada por sus canas, no necesita de cetro para dejar claro quién manda, la muy chamana. Suena la guitarra, comienza la tonada. Se para en seco el instrumento, se hace el silencio. Chavela toma aire, suspira, cierra los ojos como para recordar a su amada... y por fin canta. Su voz, rota por los años, por el trago largo, por el desamor, por el engaño, por el sentimiento rancio, se alza tímida e impetuosa, segura y quebradiza, dulce y amarga, humillada y orgullosa.

Chavela, la loba, aúlla a la luna. Parece que acuna a la hija nonata, que nos canta a todos una nana, retoños de sus tonadas. Nos transmite su vivencia como por leche materna. Y su belleza, por momentos, supera la de cualquier diva prefabricada. Es la sencillez llenando el escenario, la humildad, la sobriedad. Simplemente es ella.

Parece que al cantar llora, pero ella se ríe a su manera, se ríe de la vida, y reta a la muerte, esperándola con una botella, para brindar por última vez, cuando le bese la parca. Amor de mujeres que marcó el pasado y arrugó su cara. Pero los compases siguen, y Chavela desquebraja el bolero e impregna de sufrimiento la ranchera. La melodía te envuelve, su voz te eriza el vello y te acaricia la cara.

Ahora soy yo quien contengo la respiración, sintiéndome partícipe de un romance imposible, sintiéndome compungida y cómplice. Me siento igual de vieja, igual de niña, igual de enamorada, de traicionada, de dolorida. Pero ella es fuerte, es dura, y mantiene altiva la mirada, y regala a los desconocidos una sonrisa blanca. Yo, en cambio, no puedo evitar descomponerme y soltar las lágrimas. Lloro por ella, quizá lágrimas vanas, por ser tan grande, por ser pequeña, por ser tan alta. Chavela, diminuta, es una montaña.

Chavela toma aire, suspira, cierra los ojos como para recordar a su amada... y por fin canta. Su voz, rota por los años, por el trago largo, por el desamor, por el engaño, por el sentimiento rancio, se alza tímida e impetuosa, segura y quebradiza, dulce y amarga, humillada y orgullosa.