El populismo más burdo, por descarado, y más económico, por barato, tiene en La Esteban un incono fácilmente reconocible y difícilmente igualable. Económico y barato, términos que chocan con los millones que mueve esta demoníaca máquina de hacer dinero, titulada “Princesa del pueblo”, o pueblerina del reino... del reino de la televisión cardiaca, siendo aquí el corazón una repugnante víscera que nunca se seca, que siempre sangra.
Sus líneas de expresión -últimamente difuminadas por el botox y otros rellenos- marcan índices de audiencia. Y sus frases lapidarias “Yo por mi hija ma-to”, “Andreíta, coño, cómete el pollo” o “¡Arriba la Esteban!”, entre otras cultivadas perlas, sientan cátedra y, a modo de eslóganes, promocionan más el –nunca mejor denominado- fenómeno. Todos le bailan el agua, y horas de prime-time y portadas de revista hacen el resto. Pero ella es la última culpable, habría que buscar en la sombra quién maquina este entuerto, una década de continua presencia audiovisual motivada por haberse acostado no con un premio Nobel o un hombre de igual peso, sino con el más feo de todos los toreros. Ejecutivos de televisión, periodistas del cotilleo, diversos canales, concretas productoras... maquiavélicos villanos que estudian al televidente medio, y nos dan lo que, aparentemente, nos merecemos.
Al juguete que decían roto, supuesta muñeca de trapo, le han puesto un esparadrapo. Le han quitado las bolsas, mientras le llenan otras, pero no de grasa, de dinero, que entra a saco. Belén, en un alarde de desfachatez que insulta toda inteligencia, culpa a su diabetes de la desintegración de su tabique nasal, y desintegra con ello aquel voto, que no botox, de confianza, aquella imagen que vendió en su día, de chica de barrio maltratada por la Segunda Familia Real Española. La familia Janeiro, quizá la culpable, en última instancia, del desfile de monstruos que han ido apareciendo en el circo mediático, por el hecho, muchas veces ficticio, de haber copulado con el joven maestro. Una Santa Compaña de vivas, no de muertos, entre las que destacó Belén, por madre coraje, por heroína desheredada con extensiones y silicona en el pecho, por extrapolar el lenguaje de la calle, por saber vender sus sentimientos.
Pero cuánta gente se siente identificada con ella, cuánta mujeres disfrutan siguiendo su peregrinar mediático, escuchando sus lamentos, sus risas desaforadas, sus llantos, sus gracias, avivadas por sus imitados tics, sus aspavientos. Antes escuchaban el serial de la radio, ahora contemplan la nueva novela, donde la protagonista, una joven de barrio, encarna a todas las oyentes, a todas ellas, y se convierte en parte de tu vida, quieras o no quieras. Mitad pesadilla, mitad sueño.
El patito feo se convirtió en cisne. Luego degeneró, y se transmutó en cuervo. Ahora, cual ave fénix, vuelve a brillar, vuelve a reinventarse, para ofrecer más de lo mismo y alargar más su tiempo. La nueva cenicienta mordió la manzana envenenada, y lejos de desvanecerse se convirtió en la bruja del cuento. Pero princesas y brujas son un elemento imprescindible para el pueblo maniqueo. Hay que exorcizar penas, crisis, frustraciones y aburrimiento, y a veces nos agarramos a un clavo ardiendo.
Qué fácil señalar a Belén Esteban, pero también qué difícil solidarizarse con ella. Qué lotería tan extraña la del éxito, qué popularidad tan desperdiciada. Cuanta hipocresía, cuanta ignorancia, cuántos intereses creados, cuanta incultura, cuanta agresiva sensiblería. Lo dice otra diabética, rubia, falsa y operada, aunque no sobredimensionada hasta la extenuación ni mitificada antes de su entierro. |
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La nueva cenicienta mordió la manzana envenenada, y lejos de desvanecerse se convirtió en la bruja del cuento. Pero princesas y brujas son un elemento imprescindible para el pueblo maniqueo. Hay que exorcizar penas, crisis, frustraciones y aburrimiento, y a veces nos agarramos a un clavo ardiendo.
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