La tarea evangelizadora de la Iglesia Católica adolece de tal desastrosa ineficacia cristiana y misionera que, en lugar de conducir a la profesión y confesión de fe, lleva a los destinatarios de su acción apostólica a lo contrario: negar como perversas las noticias que evangelios y cristianismo llaman buenas; mirar hacia otro lado ante la persona de Jesús de Nazaret; negar a Dios. La Iglesia Católica, pues, no forma creyentes sino ateos.
Esto, que es constatable en la sociedad mayoritariamente heterosexual, se hace verdad como puño en el seno de la llamada comunidad gay, agredida y vejada de manera preocupante y refinadamente virulenta por una jerarquía católica que más parece renegar de su propia orientación sexual exorcizando lo que estiman sea fantasma.
Efectivamente, los textos doctrinarios (que no meramente doctrinales) emanados sobre todo del actual Papa Benedicto XVI más hablan de armario tormentosamente soportado que de aquello en que tanto insistiera Ignacio de Loyola: la gracia. Lógico, por otro lado, en quienes viven su sexualidad y sus afectos como carga y no como gozo o gracia. Y esto, efectivamente, transmiten: la vida como fenómeno caliginoso y no obra de luz. Mensaje, sí, muy lejano –ajeno incluso- a ciertas afirmaciones de los evangelios, que califican de Padre a la divinidad cristiana.
Para quienes crean en un Dios que da contenido y fundamento a la supuesta fe de la Iglesia Católica, un Dios que hablaría y se manifestaría por la boca y palabras de aquel a quien llaman su siervo de los siervos, la imagen que de este Dios nos llega desde los textos e intervenciones pontificias no contribuye al aumento del número de feligreses, sino todo lo contrario.
Con un mensaje de violencia extrema contra todo lo que huela a homosexual se corresponde una negación de la fe, no sé si también extrema pero ciertamente lógica. Así, menudeos folclórico-litúrgicos al margen, esto es lo que queda claro sobre Dios, a tenor de las intervenciones “misioneras” de la Iglesia Católica:
Dios, los dioses son comparables al retrovirus de inmunodeficiencia adquirida.
Entregarse a prácticas de riesgo, como ir a misa, rezos, procesiones, etc no es sino aumentar las posibilidades de convertirse en portador del retrovirus religioso, creyente o como quieran llamarle (susceptible, por tanto, de transmitirlo en ese acto infame que denominan "apostolado") para, más adelante, desarrollar la enfermedad. Tener fe en los dioses no es más que practicar vida no segura.
Lo que llaman "fe" en los dioses aniquila las defensas naturales de la mente humana, que se va degradando, corroyendo, corrompiéndose hasta morir a la capacidad de pensar por sí misma. A esa muerte, resultado de premeditado crimen moral, algunas confesiones -entre ellas la católica- la llaman "santidad".
Dios no es bueno; es más, Dios es malo: es una adicción perjudicial, en nada inocente. Dios es como el rapé que esnifo, al cuál soy adicto como lo fui a Dios hace un tiempo. Como el rapé, como en general el tabaco, Dios llena un hueco que él mismo ha excavado. El rapé, como el cigarrillo para los que tragan humo, me calma la misma ansiedad que él mismo ha causado en mí.
Una diferencia: no matamos por tabaco.
Dios, pues... se trata de un vicio, una enfermedad, una intoxicadora y perjudicial (letal en casos extremos) adicción de la que hay que liberarse como de vicio, desintoxicarse como de adicción, curarse como de enfermedad.
Claro que, como somos libres para esnifar rapé o fumar, somos también libres de consumir Dios.
La ley anti tabaco acota determinados lugares para el humo, de manera que no perjudique a quienes libremente no desean consumirlo. El laicismo ha de acotar espacios para el humo-Dios, de manera que no perjudique a quienes libremente no desean consumirlo.
Saludos de un ex fumador. |
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Lo que llaman "fe" en los dioses aniquila las defensas naturales de la mente humana, que se va degradando, corroyendo, corrompiéndose hasta morir a la capacidad de pensar por sí misma. A esa muerte, resultado de premeditado crimen moral, algunas confesiones -entre ellas la católica- la llaman "santidad".
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