Es flaca como una gacela, o como una garza, o incluso como una culebra, pero por dentro es como un toro negro, porque es de casta. Es como un estilizado toro; felino, alado, y por tanto fabuloso, imposible, pero toro al fin y al cabo.
Toro bravo, porque sale al ruedo, al escenario, con ímpetu que le fue grabado en las venas. Toro mitológico, toro humano. Si fuera aún más del sur sería una pantera negra, como esos ojos moros, como esas pestañas y esas cejas. Pero a la vez hace suyos los colores, y el Arco Iris parece que sale de su melena, convirtiendo en una bandera multicolor su cabellera. Rosario, flamenca y morena, es gitana y es hippie a partes iguales, es tradicional y también es moderna. A ella no le ha hecho falta una peineta, si ya su madre fue vanguardia, y su casa guarida de bohemios, vividores y poetas.
Rosario, la niña, hace mucho que es una mujer, una mujer enjuta, que canta y que cuenta. Le canta a su padre, a su madre, a su hermano, a su hija y a la vida entera. Sí, a su hija que también es una Lola, como aquella que fue su abuela, y así le devuelve al universo la gracia de donde vino, y mirando su cara se evade de la pena. Pero sería su hijo Antonio, Antonio como El Pescaílla, su padre, quien rizaría el rizo hasta emular los que cuelgan de su madre, al nacer muchos años después, pero el mismo día que Lola Flores, ese veintiuno de febrero.
Rosario es, de entre las flores, una amapola que prendió en un geranio, pues no tiene pinchos de rosa ni aires de gardenia. Y no habita tras las rejas de la ventana, en una maceta de barro, que es una flor que ella misma lleva prendida entre los rizos del pelo, cerca de la cabeza, y enganchada en un ojal de la camisa, esa camisa anudada que muestra su piel canela, para estar cerca del corazón y así mantenerse fresca.
Corre por el escenario que se las pela, folclórica rockera, salsera, rapera. Presenta a sus músicos, brinca, maulla, gira, da vueltas y vueltas. Emana energía, y energía de la buena. Y viene esa rumba, y va esa balada, y lanza un ¡ay! al respetable, y contagia a todos, y embruja mientras está en escena. Rosario, Rosarillo, es de ley, es artista, como su hermana Lolita, como aquel hermano creador de grandes letras.
Rosario jalea y palmea, y mueve las manos y el pelo como si La Faraona todavía estuviera, como si la poseyera. Porque ella es la mejor de las secuelas. Rosario, sí, es de casta, es artista por parte de padre, de madre y, sobre todo, por parte de ella. Llena el escenario con su delgadez, con su tronío, con quejío que eleva a las estrellas. Rosario del sur, Rosario tribal, Rosario torera. Rosario es un rosario de cuentas negras. |
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Pero a la vez hace suyos los colores, y el Arco Iris parece que sale de su melena, convirtiendo en una bandera multicolor su cabellera. Rosario, flamenca y morena, es gitana y es hippie a partes iguales, es tradicional y también es moderna.
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