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Somos el eclipse del sol de la sociedad estatuida. O en mal romance: una
almorrana indeseable en el gordo trasero de los “normales”. Lesbianas.
Clandestinas, combativas, amazonas irreverentes, intrigantes y
esencialmente peligrosas para los hombres - y sus féminas anexas - que
nos han definido, clasificado y expulsado de su indeseado paraíso desde
que este estúpido mundo es mundo estúpido, condenadas al destierro más
vil y humillante, al País de las No Personas.
Objeto de deseo propio y ajeno (¡Salud, Safo!) censuradas, omitidas,
demonizadas, virus en los microscopios – hola, Freud, soy una perversa,
un hombre sin palito, apúntame en tu lista junto a zoófilos,
fetichistas, coprófagos y demás morbosos de toda calaña -, ensalzadas
por minorías románticas y combatidas con toda suerte de armas de
destrucción masiva.
No han podido con nosotras. Más nos perseguían, más nos crecíamos. Sin
existencia oficial, apátridas de cualquier patria, incorpóreas e
irreales, recitábamos poemas a la Virreina de México, como Sor Juana
Inés de la Cruz allá por el mil setecientos. A Laura amada: “Así cuando
yo mía te llamo/no pretendo que juzguen que eres mía/ sino sólo que yo
ser tuya quiero”. A Sor Juana sus anhelos no le valieron la hoguera sino
el título de “Mi muy querida Virreina”. Sabia, Laura. Y el Virrey en
Babia.
Frotadoras, tribadistas, infectas, marginadas, malditas, despreciables…
“¿No quieren vernos? ¡Pues que miren hacia otro lado!” – debieron pensar
las lesbianas de Boston cuando en el siglo XIX instauraron el
“matrimonio bostoniano”, una encubierta unión monógama entre mujeres
similar a las nupcias tan caras a los Popes de todas las iglesias.
De estos lodos venimos. La frente alta, estrategas, el corazón dolido
aunque entero, certeras como una lanza valkiria, apaleadas pero
empedernidas. Invisibles a las pupilas enjuiciadoras y tan ciegas como
la Justicia, pero con las alforjas a rebozar de músicas, cicatrices,
poemas, pérdidas y dádivas, danzas, deudas y ofrendas.
Ahora que las lesbianas occidentales comenzamos a colectar la cosecha
sembrada a fuerza de azote, fuego y mordaza, ahora que hemos arrancado a
los Señores del Poder algunas concesiones bajo el dudoso marchamo de la
normalización, algunas lesbianas se dejan en el monte las flechas, el
labris, la Triple Diosa, las biografías, las heroínas, las víctimas, la
dignidad y la memoria.
Porque sin exigir el debido respeto a nuestra genuina índole transgresora
prefieren diluirse como un azucarillo en el gran café con leche de una
sociedad aborregada, fofa y consumista, caminando de puntillas como
quien pide disculpas, una más entre millones, adaptada, descafeinada,
homogeneizada, desapercibida e… invisible.
No se trata de de revanchas, no. Se trata de la almorrana en el gordo
trasero de la Humanidad… Si les escuece, se siente. No se nos ha
concedido graciosamente la existencia física y legal: se la hemos
arrebatado en buena lid. ¿Qué absoluciones suplicamos, pues, por haber
sido y seguir siendo mujeres de una esencia y sustancia distintas y por
lógica distante? ¿Por qué ser como ellos, si ellos no son como nosotras?
¿Olvido? ¿Perdón? Ni lo uno ni lo otro: queremos ser visibles. Pero con
nuestras pupilas, no con los suyas, de sobra conocemos su mirada. Somos
mujeres, lesbianas, sus desiguales, altivas herederas de un largo,
cruento e imperdonable combate donde nos dejamos la piel a tiras. Pero,
y más importante aún, somos las secretas guardianas del más grande
placer humano: ser Otras. Espejos asimétricos, reflejos con identidad
propia, matadas y renacidas una y mil veces. Otras y nuestras, no suyas.
¿No nos ven o no nos vemos? Ahí queda eso.
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