Hasta aquí hemos llegado (tú y yo)

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Desde los primeros tiempos, los aristócratas concertaban sus matrimonios porque sus fortunas debían estar a salvo de algo tan voluble como el amor. no es que el amor no exista (decir eso de que “se lo han inventado los grandes almacenes” es una falta de respeto a la esencia humana), es que siempre hemos sabido que el amor –si lo dejamos a su aire- es algo que puede nacer y morir varias veces en una sola vida… aunque no lo queramos aceptar. y, de eso, hablaremos hoy: de cuando el amor se extingue.

 

EL CICLO NATURAL DEL AMOR

¿El amor es para siempre? No. Sí. Eso depende de entre quiénes. En principio, las investigaciones nos dicen que el amor tiene un ciclo con una duración más o menos definida. Se han realizado estudios interculturales y, en todas las culturas estudiadas, los resultados vienen a ser similares: el amor comienza, se prolonga durante unos años, se comienza a desgastar… y se acaba. O no. Todos hemos oído eso de que “el amor dura 7 años” y, aunque esta aseveración parte de unos estudios estadísticos, no puede ser considerada más que un resumen poco elaborado. Esta cifra proviene de la cifra media de años que duran los matrimonios en las sociedades (occidentales y no occidentales) en las que el divorcio existe y nos da una indicación de los plazos sobre la duración de los sentimientos románticos básicos Algunos autores (como Helen Fisher) defienden que éste es el tiempo que se tarda en engendrar y criar un bebé humano hasta que ya es lo suficientemente maduro como para que la madre no necesite más ayuda en la crianza y el padre pueda desaparecer. Así, en unos siete años, nos enamoramos con pasión, nos deseamos, nos relacionamos sexualmente y, en el caso de los heterosexuales, engendran a un bebé. Cuando la criatura ya puede destetarse y comer por sí sola, la pareja ya no necesita seguir unida.

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Entonces… ¿no hay amor para siempre? Claro que lo hay, pero no viene de serie. En el enamoramiento vienen la pasión, el deseo, la necesidad de estar junto al otro, el tormentazo hormonal que nos hace volvernos locos de deseo y que nos hace creer que nuestra relación es única y perfecta… y punto.

No hay  más. Si no nos lo curramos, no hay más. El amor para siempre es fruto, única y exclusivamente, de un trabajo maduro que dos personas realizan coordinadamente para mantener viva la pasión que sienten el uno por el otro, así como la gratificación que les supone compartir sus vidas. El amor para siempre es un esfuerzo. Probablemente uno de los más agradecidos que puedas realizar (pocas cosas hay mejores que despertar junto al hombre que amas día tras día), pero un esfuerzo al fin y al cabo. Y si tú eres un pelín de tocarse los huevos… mejor vete buscando abogado para que te lleve tu futuro divorcio.

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LOS ELEMENTOS DEL AMOR

Una vez en Yale, hubo un psicólogo lo suficientemente aburrido (perdón, quise decir “motivado”) como para plantearse en serio hacer una macroinvestigación sobre el amor. Cuando el psicoanálisis fue desmontado y defenestrado por la psicología científica, en uno de esos movimientos pendulares de la historia de la ciencia, el mundo de la investigación se pasó al extremo de considerar “objeto de estudio de la psicología, exclusivamente, aquellas conductas observables y, por tanto, cuantificables”. Así que los estados afectivos (incluyendo, naturalmente, el amor), fueron excluidos del campo de la psicología. Sin embargo, a partir de la revolución de la psicología cognitiva y gracias a la aparición y depuración de técnicas, instrumentos de medida y diseños experimentales, comenzó a investigarse sobre el mundo emocional como parte innegable de la experiencia humana. Pero no desde la introspección de diván ni desde la elucubración, sino desde el diseño experimental, la correlación estadística y la medición fisiológica. Total (hay que ver lo que me enrollo a veces, ¿verdad?), que a un buen señor se le ocurrió investigar a fondo sobre el amor. Ese señor fue Robert Sternberg e inició su investigación a comienzos de los años ochenta (debo decir que también fue presidente de la APA y es uno de los psicólogos más relevantes de la psicología contemporánea). Aunque tienes más información sobre su trabajo en mi artículo “Oh, el amor” (Revista Gay Barcelona no 82, julio-2011, pp. 16-19), te recordaré que Sternberg encontró que las relaciones que verdaderamente funcionan son aquellas que incluyen tres elementos: pasión, intimidad y compromiso.

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– Pasión no se refiere solamente al deseo sexual sino también a la necesidad de la presencia del otro. Esta presencia puede ser “psicológica” y, por eso, cuando estamos enamorados, siempre tenemos a nuestra pareja en mente.

– Intimidad tienen que ver con la transparencia de la relación, con el conocerse bien el uno al otro. Tiene que ver con ser uno mismo acompañado del otro. – Compromiso no se refiere a una obligación que te impones. Compromiso tiene que ver con un proyecto de vida que se siente compartido, con algo que ambos viven como “bueno” y por el que deciden apostar. Tiene que ver con un nuevo sistema de valores donde aquello que tenga que ver con tu novio, o marido, ocupa un lugar prioritario (aunque no excluyente) en tu vida. Precisamente sobre el compromiso pivota el éxito de una relación y su capacidad para sobrevivir al decaimiento natural de la pasión.

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¿CÓMO HACER QUE FUNCIONE TU PAREJA (Y NO CARGÁRSELA EN DOS TARDES)?

El doctor John Gottman es uno de los expertos mundiales sobre el mundo de las relaciones de pareja. Su libro “Siete reglas de oro para vivir en pareja” aparte de tener un título un poco estúpido que te hace pensar que el contenido será poco más que palabrería de autoayuda (a veces los editores, por aquello de vender, se pasan), es un manual muy completo acerca de los factores que predicen el éxito de una relación sentimental. El problema con estos factores, es que no acostumbran a ocurrir de manera fortuita y, si los dos miembros de la pareja no están entrenados en estas habilidades, se hace difícil que la relación termine fructificando. Alguno de estos factores son casi de Perogrullo pero otros no tanto y conviene recordarlos. Te los resumo a la vez que te aconsejo que leas el libro porque, aunque escrito a partir de experiencias de parejas heterosexuales, su contenido es perfectamente aplicable a nuestras relaciones sentimentales. Así, en las relaciones que funcionan a largo plazo:

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1. La pareja se conoce perfectamente (alto grado de intimi- dad). Conocen las preferencias, aversiones, aficiones, etc. del otro. Cada uno de ellos posee una gran cantidad de in- formación relevante sobre su novio.

2. La pareja se esfuerza por mostrar su afecto y cultivar la admiración mutua. Es muy difícil superar las dificultades propias de la convivencia con alguien a quien no admiras realmente y sin hacer demostraciones de afecto que dejen claro el deseo de que el amor esté por encima de las difi- cultades.

3. La pareja potencia la empatía y el acercamiento. Hacen cosas juntos (incluso las más triviales son importantes en este sen- tido) y siempre se muestran próximos y, sobre todo, disponibles para el otro.

4. La pareja se influye mutuamente. Sin perder las persona- lidades propias (de lo contrario, ¿qué ibas a admirar del otro?) pero permitiéndose ser permeables a las ideas y modos de actuar respectivos. La pareja termina siendo algo más que

la suma de sus individualidades. La cercanía y el influjo crea una forma conjunta de ver el mundo y comportarse. 5. La pareja sabe distinguir cuáles son los problemas reso- lubles e irresolubles. Se aplican en solucionar constructiva- mente los primeros y son capaces de pasar por alto los segundos sin recriminarse (puedes negociar la decoración del salón pero, en los encuentros familiares, te tocará aguan- tar a tu cuñado, ¡es lo que hay!) La pareja “entrena” en la re- solución de conflictos. Aprende los modos en los que no debe (y en los que sí) abordar una discusión con su pareja. 6. La pareja se esfuerza por no estancarse: por un lado tiene proyectos compartidos en los que ambos se implica y es- fuerzan. Por el otro lado, intentan salir de la rutina y alivia- nar los conflictos perennes.

7. La pareja tiene un cierto sentido de trascendencia, de que su relación es importante y prioritaria en sus vidas, de que están unidos por algún propósito y que su biografía juntos guarda un hilo conductor que los lleva a una mayor felicidad (ancianos, jubilados, recorriendo el mundo o cultivando hor- tensias en el balcón de casa). Comparten un proyecto de vida.

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Ya sé que no es sencillo cumplir con todas estas “reglas”. Pero no lo es porque no nos ha entrenado para ello. No se nos educa para convivir sino para ser más fuertes y exitosos que los demás. Si, para nosotros, es un valor la vida en pareja quizá es bueno que demos con alguien que lo sienta así también y con quien hablar mucho del esfuerzo consciente que se debe realizar para ser mejor marido (o novio) de lo que nos han enseñado a ser. En un mundo donde los gais, todavía, no tenemos demasiados referentes acerca de cómo debe ser la convivencia en pareja, somos una generación a la que le toca aprender (y enseñar) mucho.

Con todo lo anterior, el éxito de vuestra relación dependerá de que os impliquéis ambos en hacer que funcione porque, de lo contrario, el paso del tiempo traerá la pérdida de la intensidad emocional propia de aquel enamoramiento primigenio y, si ya no queda pasión y no habéis construido un romance juntos, entonces ya no os quedará nada por lo que manteneros unidos.

 

QUEDARME SIN TI…

Solamente he presenciado una ruptura amistosa en mi vida y fue la de dos amigos que llevaban años sin amarse. Nadie pensó que se separarían ya que nunca discutían. Lo cierto es que nunca discutían porque no tenían nada que decirse y ya no se importaban. Su separación fue amistosa porque su relación llevaba meses, quizá años, muerta. Cada vez que un paciente me dice “quiero terminar con él como amigos” le contesto que eso es imposible a no ser que ya se hayan convertido en amigos. Mientras quede amor (o resentimiento) por cualquiera de las dos partes, eso de ser amigos es un deseo bastante utópico. De hecho, a la hora de elaborar el duelo por la separación, lo mejor es que no estéis demasiado cerca.

Un duelo por ruptura es un “duelo por fracaso”. Yo distingo dos tipos de duelo: éste y el “duelo por tragedia”. La diferencia está en algunos de los procesos que se llevan a cabo y, principalmente, en el origen de aquello que nos ha desencadenado el duelo. En el duelo por tragedia no podíamos hacer nada por evitar lo que nos duele (no se puede evitar un terremoto que derruye nuestra casa ni se puede evitar que muera alguien). En el duelo por fracaso, parte de la responsabilidad del suceso doloroso recae sobre nosotros. Bien porque hayamos sido los responsables de los problemas, bien porque no hayamos sabido ser asertivos y evitar que se aprovechen de nuestra credulidad bien, incluso, por no haber sabido mantener la comunicación y el deseo. La cuestión es que ha habido algo que no hemos sabido (o querido) hacer y que eso ha terminado con nuestra relación: hemos fracasado. A partir de ahí, se inicia nuestro proceso de duelo.

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Helena Àngel, psicóloga (y compañera en el IESP), explicaba hace poco en la radio que, en el proceso de ruptura, suelen sucederse seis etapas: shock, tristeza, búsqueda de las causas, resignación, reconstrucción y resolución. Estas etapas pueden observarse con cierta claridad y, en conjunto, conforman un proceso necesario para poder tomar conciencia de que una parte de tu vida ha terminado para siempre y que debes obligarte a diluir los lazos con esa persona si es que quieres poder seguir adelante… lo cual no es fácil. En general, la situación emocional es muy turbulenta y lo mismo lloras por haberlo perdido, que lo colgarías de los huevos por todo lo que te ha hecho (aunque lo uno o lo otro será más probable en dependencia de si eres el abandonado o el que abandona). Si tú eres el abandonado, es muy probable que pases mucho tiempo llorando su ausencia. El amor tiene mucho que ver con una droga y ser abandonado desencadena un síndrome de abstinencia que necesita ser afrontado. Hay quienes se inflan de bombones. Hay quienes, en lugar de sustituirlo con chocolate, van directamente en busca del sexo para no pensar en lo que les está sucediendo. Hay quienes lloran su pena solos ante el mar o haciendo uno de esos viajes “iniciáticos” con los que luego se escriben novelas (o posts de un blog, ejem). Hay quienes tiran de amigos y familiares para que les ayuden a soportar el dolor. Hazlo como te dé la gana: pero no reprimas tu sufrimiento. Actualmente vivimos en una cultura que cercena nuestras emociones negativas cuando, éstas, tienen una función muy importante. De hecho, la expresión pública del dolor es un mecanismo eficacísimo para reducir los niveles de ansiedad y para que el dolor se aminore. El apoyo social es otra de las mejores formas de reducir el sufrimiento. Emplea tus propios recursos para expresa el dolor: llora, escribe, canta fados… y rodéate de amigos que te escuchen expresarlo y que te den ánimos (que tú vales mucho, que ése no te merecía…). Claro que no es necesario ¡ni aconsejable! anclarse en el dolor o la tristeza, pero sí es bueno permitir su expresión para sentir el alivio de canalizarla. A partir de un tiempo prudencial, es bueno entender por qué ha sucedido lo que ha sucedido y, en caso de que observes algo de responsabilidad en ti, a veces sienta bien “hacérselo mirar”. En consulta he encontrado muchos casos de hombres que, tras una sucesión de fracasos sentimentales, quieren saber qué están haciendo incorrectamente, qué es lo que siempre les acaba llevando a relacionarse con hombres tóxicos o de una manera dependiente. Eso te ayudará mucho a culminar el proceso de duelo puesto que te motivará a cerrar esa etapa. De cualquier modo, tanto si tuviste responsabilidad como si no, permítete la tristeza y canalízala. Poco a poco irás recuperando las ganas de salir y retomar tu vida. Sólo te daré un consejo: tente paciencia (que te la mereces).

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¡SE ACABÓ!

Si, por el contrario, tú eres el que dejas, ¿cómo decírtelo? ¡Qué marrón te ha caído! Hay algo que los gais no llevamos demasiado bien: ser el malo de la película. Sospecho que porque todos intentamos ser “maricones pero buenas personas” y nuestra homofobia interiorizada nos juega una mala pasada. No te das cuenta, pero una parte de ti está pensando que “ser el malo” te hace ser “peor” porque ya había algo en ti que era malo (¡maricón!) cuando lo cierto es que (a) ni, naturalmente, es malo que seas homosexual y (b) mientras expreses tus necesidades de manera respetuosa, nada hay de malo en ello. Incluso si esa necesidad se refiere a romper una relación que ya no puedes mantener. Al fin y al cabo, si estás con alguien es para hacerle inmensamente feliz así que, si no puedes, mejor déjale la libertad para que encuentre a otro hombre que sí lo haga.

Esto de los esquemas mentales es un problema para muchos gais (dale un repasito a “Te romperé los esquemas”, Gay Barcelona 101, febrero 2013, pp. 6-11) porque sentimos como si determinadas acciones no hicieran sino confirmar una mala concepción de nosotros mismos (por eso lo de “maricón pero buena persona”) y, si hay un esquema que los gais tenemos grabado en la frente como un estigma, es el de “culpable”. Culpable de ser gay, de no poder cambiar, de tener un sexo promiscuo, de no ser capaz de mantener una relación estable. Culpable, culpable.. culpable. Siempre la misma historia. Claro que hay gente mala: ¡ser maricón no te hace ni bueno ni listo!, pero no todo el que se siente culpable es tan culpable como se siente. La responsabilidad suele ser compartida en el 90% de los casos así que, en lugar de machacarte, simplemente repítete a ti mismo: “yo di el paso, pero la situación ya solamente nos hubiese traído sufrimiento”. Incluso si la relación aparentemente era buena, tú no estabas bien y no eras feliz. Eso es suficiente para no continuar con algo que vives como un sinsentido. No puedes estar con alguien por pena. Tampoco por miedo a no encontrar a otro hombre. En ambos casos estamos hablando de un problema con tu autoestima que merecería ser tratado.

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PORQUE… ¿PARA QUÉ SEGUIR?

Una relación sentimental es una suma de momentos gratificantes. Cuando se pierde la gratificación por estar junto a la persona que amas es un buen momento para replantearte si vuestra relación no necesitará que os la trabajéis un poco para que vuelva a ser un motivo de alegrías. Si estáis en el punto en que la relación causa más disgustos que gustos y se convierte en fuente de frustraciones para cualquiera de ambos, las opciones que os quedan son la terapia de pareja o la separación.

En este último caso, llegados al final lo mejor es poner tierra de por medio. Recuerda aquello que decía sobre que solamente he visto una ruptura amistosa en mi vida. Es difícil acabar bien cuando alguno sigue amando o cuando alguno ha sufrido tanto que se ve obligado a poner fin a la relación. Si queréis ser “adultos y civilizados”, en lugar de forzar el ahogamiento de vuestra rabia (una rabia normal ya que se está sufriendo y eso siempre nos frustra y enfada), mejor permitíos canalizarla de forma constructiva. El problema es que resulta realmente difícil canalizar constructivamente una rabia con, precisamente “el culpable” de la misma cortándose las uñas de los pies en el cuarto de baño de tu casa (joder, y anda que si deja los calzoncillos sucios en el suelo…). Para comportaros como adultos, lo mejor es que no tentéis a la suerte. La postura más madura siempre es la más realista. Y lo más realista, en estos momentos, es asumir que ninguno de vosotros vais a tener el “chocho pa farolillos” así que actuad en consecuencia y daos un tiempo donde no os veáis. Además, si uno de los dos sigue enamorado, seguir viendo al hombre al ama le va a dificultar tremendamente el poder salir de ese estado de shock ya que no va a poder tomar consciencia de que, verdaderamente, lo vuestro se ha acabado. Piensa que es muy cruel vivir al lado de un hombre que amas, un hombre cuyo contacto necesitas más que cualquier otra droga y cuyos abrazos y besos te niega sistemáticamente “por el bien de los dos”. Eso por no hablar de si te enteras de que se ha enamorado de otro ¡qué hecatombe! Así que sed adultos y poned tierra de por medio, es lo mejor. No se puede terminar como amigos si queda amor. Sólo se puede esperar a que el tiempo cierre las heridas y, cuando os reencontréis (pasados los meses), convertiréis lo vuestro en amistad. En una buena amistad. Pero no ahora.

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Vivid en casas diferentes, romped el contacto por completo (Whatsapp, Twitter, Facebook, Line ¡todo!) y, en caso de necesitar arreglar papeles o repartir objetos y muebles, mejor con mediadores. Una buena estrategia es pactar un “cese temporal de la convivencia” donde viváis separados. Arregladlo de forma que durante, al menos, dos semanas o un mes, podáis dejar de veros y, cuando pasado ese tiempo los ánimos estén más calmados, arreglad papeleos, repartos, etc. Es realmente difícil tomar decisiones con los ánimos encendidos. Ni siquiera nuestro cerebro puede razonar objetivamente cuando estamos cabreados. Si queréis un buen final con un buen acuerdo, dejad pasar un tiempo suficiente para que se os pase el, por otra parte lógico, enfado. Los hombre somos así: la tristeza nos provoca enfado porque no nos gusta sentirnos tristes. Tenemos que asumir lo que somos… al fin y al cabo tampoco es tan malo que uno pase una racha malhumorado ¿no crees? Pues eso, que te tengas paciencia y que respetes tus tiempos.

Uno aprender sobre el amor viviéndolo. A menudo no es fácil establecer un vínculo profundo cuando tu biografía ha estado muy carente de vínculos profundos con personas por las que te hubieses sentido incondicionalmente aceptado. Es difícil aprender a hablar el lenguaje del amor cuando nadie te ha enseñado ese lenguaje. Es más difícil aún dialogar en esa lengua si a los demás gais tampoco nos han enseñado a hablarla. A veces, nuestras relaciones, parecen un galimatías de personas hablando idiomas distintos. Pero somos flexibles y podemos aprender. Y podemos hacerlo muy rápido. Siempre existe la posibilidad de encontrar a alguien que quiera aprender a demostrarte su amor por ti con aquellas manifestaciones que mejor entiende tu corazón. Y tuyas hacia él. Siempre hay que intentarlo… y puede suceder. Pero si no ha sido en esta ocasión: tranquilo. No te quedes estancado. Finaliza una relación que no os hace felices y daos la oportunidad de serlo con otros hombres. Te será más fácil si tú te quieres a ti mismo y no aceptas sucedáneos en tu vida. Siempre te lo digo ¿verdad? Claro que sí: quiérete mucho, maricón.

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por Gabriel J. Martín, psicólogo. Especialista en psicología del hombre gay – www.gabrieljmartin.com / elblogdegabrieljmartin.blogspot.com.es

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